domingo, 8 de mayo de 2011

Escuela de verano

Sheila tuvo problemas para nacer, un forceps -dudosamente utilizado- le dejó secuelas en el cerebro que hace que aprenda más lentamente que otros niños de su edad. Es despierta y resuelta pero memoriza fatal, eso conlleva que verano tras verano se encuentre en la misma clase achicharrante, junto a su profesora Herminia, que entre insistencia y malabarismos de toda clase y condición, intenta embutir los conocimientos necesarios dentro de su cabecita rubia. Sheila está obsesionada con la gente que viene y va tras el ventanal, sintiéndose tan inquieta como alguien atascado en un ascensor averiado, en lo único que piensa tras dos horas sentada es en salir; llegar a casa, y zambullirse en su piscina desmontable para quitarse el sofocón de ver que todos aprenden con soltura lo que a ella le cuesta un montón.

Herminia puede comprenderla porque pisa los cincuenta, pero puede comprender a su madre también, y habiendo dejado cuatro asignaturas sabe que lo vital es mantener a raya su atención.

-Sheila, deja de mirar por la ventana o te pondré de cara a la pared hasta que termines los deberes.
- Es que mi madre me está esperando hace rato.
-Ya lo sé. Pero ella sabe que no te dejo salir hasta que acabas.

Le hace un gesto para que vuelva a concentrarse en la libreta y siga a lo que está. Hace tanto calor que el aire fresco del ventilador resulta abrasador. Las fragancias de los diez alumnos se entremezclan entre sí, lo mismo que las músicas de los coches que esperan la apertura del semáforo metros más allá, irrumpiendo la tranquilidad de la mañana. Sheila no es capaz de avanzar, mira la libreta, acerca el lápiz con determinación y después de largos minutos sigue sin escribir nada. En su mano izquierda gira y gira su goma de nata, no está intentando comprender, sólo piensa en salir. Intenta luchar con las palabras que luchan por brotar hasta que lo hacen.

- Mi madre me está esperando_ hay mucha urgencia en su voz.
- Lo sé, pero no te moverás de ahí hasta resolver ese problema.

De nuevo lo mismo, el lápiz que avanza hacia la libreta, el intento de seguir, el atasco inminente, la ansiedad, la goma de nata que gira y gira, la mirada que busca el coche blanco donde esperan su madre y su hermana.

- Sheila, deja de preocuparte por tu madre. ¡Las madres son las únicas personas que nunca nos abandonan!_ lo dice de forma tan desesperada que parece una solterona ofendida.

Los chicos de bachiller estallan en carcajadas que los más pequeños siguen también. Entre risas y aplausos, alumnos de todas las edades entremezclados acaban de aprender una de las lecciones que no se olvidan. Y la mañana tediosa se convierte en una fiesta.

3 comentarios:

  1. Las madres, y aquellas que son capaces de ser madres sin haber parido, nunca nos abandonan.

    Un abrazo,

    Rebeca.

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  2. Sencillamente, precioso y elegante. Me ha encantado.

    Un saludo.

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  3. A veces me olvido que son cosas como esta lo que únicamente quería publicar en mi blog, y me voy por otros derroteros. Afortunadamente de vez en cuando me centro.

    Aquí añado que los padres por lo común se comportan igual. No nos abandonan nunca. Lo que pasa es que suelo explicar más a la mujer, quizá porque soy mujer, quizá porque me fijo en los modelos a seguir. Se intenta aprender siempre.
    Saludos

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