jueves, 29 de abril de 2010

Las prisas para después

Cuando se dedica el tiempo a escribir una historia y esta historia tiene unas trescientas páginas es mucho el tiempo que se deja de vivir en el mundo real y se pasa a habitar un mundo paralelo que sigue estando ahí, ocupando una parte importante del pensamiento. Todo el tiempo disponible se lo dedicarás, y el que no tengas te hará andar a toda velocidad para que te quede un ratito diario que dedicarle. Es una adicción que en vez de matarte duplica tu vida, no en tiempo pero sí en vivencias, y además incurable.

Salí del supermercado con más prisas que entré porque en las diferentes colas que tuve que esperar perfilé el capítulo y quería llegar a casa y ponerme a él. Estaba guardando la compra en el maletero cuando alguien me llamó. Era Yoli, y hacía mucho tiempo que no nos veíamos, esta vez no aceptó un no y nos fuimos a tomar ese café que llevaba pendiente el tiempo suficiente para haber caducado. Con ella venía Marga, una amiga suya que me gustó al instante, tenía esa clase de elegancia que se da completa, educación, estilo, saber estar, inteligencia y belleza. Otras amigas de Yoli no tenían ni una sola de estas cualidades y se lo dije más de una vez, ella me respondía que ya lo sabía pero que no podía escoger porque su grupo de amigas era de viudas o separadas, las amigas casadas siempre llevaban prisas y casi nunca podías contar con ellas, fue lo que me dijo.

Hablamos de la vida en general y mi vida da para un resumen muy corto de modo que Marga me puso al día de la suya y me pareció de lo más interesante, es administrativa de un grupo de empresas gigantesco, gana un sueldazo, tiene dos hijos y está separada. Es una mujer de cincuenta años baja, un poco rellena, de pelo rubio al estilo Cleopatra y ojos expresivos, habla con una exquisita dicción y es suave pero convincente. Entre todo lo que hablamos destaco lo que más me impactó: La vida en pareja es la forma más feliz de existencia, con sus más y sus menos, pero la forma más plena de vivir. Yo alcé una ceja porque hay días en los que me gustaría ser monja de clausura, yo en mi paz en un monasterio, lejos del ruido de la adolescencia inconformista; pero Marga fue concluyente: si lo dudas búscate un espejo y mírate los ojos, no has dejado de reflejar felicidad desde que llegaste. Estaba feliz, es verdad, suelo estarlo porque he aprendido a valorar la felicidad de estar viva, de estar sana, de no tener mayormente motivo para quejarme, pero no le dije que en verdad estaba feliz porque había resuelto el casi final de una novela. Lo que no va a leerse nunca es inútil explicarlo, he llegado también a esa conclusión.

Marga me contó entre otras muchas cosas que su marido se pulía su sueldo entero, y que del suyo se pagaba la letra del piso, la del coche y los gastos de la casa. Se separó por eso, porque cobraba más del doble que su marido y se hartó de que su sueldo íntegro se fuese en gastos mientras él se divertía de lo lindo con el suyo. Intentó mantener el barco a flote hasta pagar la última letra que tenían pendiente, algo que confesó no fue sencillo, en cuanto se vio libre de pufos se lo dejó todo a su marido y se fue. Alquiló un piso y en cuanto sus hijos supieron que se iba en serio fueron detrás, me contó que a esas horas ellos tenían sus propias familias y ella dos nietos. Me recalcó lo difícil que fue verse sin nada catorce años atrás, y la sensación de haber dejado una casa entera puesta y tener que comprarlo de nuevo todo, plato, tenedor y cuchara si quieres comer. Fue la sensación más rara que tuve en mi vida, y la más desesperada pero a todo te terminas acostumbrando.

Pasados los años tiene su propio piso y todas las comodidades, pero está sola, y la soledad es muy, pero que muy difícil, porque es algo que no escoges es algo a lo que te obligan, al menos en mi caso ocurrió así. Cuando dijo esto entendí algo que no voy a decir, algo que se leía al fondo de sus ojos y le pertenece solo a ella.

Para terminar contaré algo que me hizo reírme de veras porque es algo que no me esperé en absoluto. A los dos meses de separarse el mismo marido que se quejaba de lo gastona que era, lo ineficiente, lo desastrosa…la llamó por teléfono para pedirle que volviera a casa. Ella se negó en rotundo y le aseguró que jamás volvería, entonces él le preguntó ¿Oye cómo lo hiciste para sacar la casa adelante todos estos años?, ella se descuadró ante esa pregunta desesperada y él le explicó: Sí, para pagar la casa, el coche, los estudios de los niños, la compra mensual, trabajar fuera de casa y tener la casa impoluta. Es que mira, de verdad, no se cómo lo hiciste. Ella le aseguró que no tuvo tiempo de pensarlo, lo hizo porque lo tuvo que hacer y punto. Y que eso ya no tenía importancia. A lo que él le respondió con todos los problemas domésticos que se encontraba a diario. Ella le contó que esos problemas que él apuntaba los enfrentaba ella en la actualidad multiplicados por tres, comida de tres, ropa de tres, plancha de tres…Ya, le dijo como si aún no hubiese llegado al verdadero motivo de su llamada, pero a mí no me llega el dinero, en serio ¿Cómo lo hiciste?

Marga me miró soportando estoicamente el ataque de risa que me entró al imaginarlo en medio de ese caos que nunca conoció. En serio, no saben vivir solos, me dijo, nosotras tampoco pero ellos lo llevan peor. Nunca quise un duro de manutención por mis hijos ni le pedí nada. Por no querer no quise ni volver a pisar la casa que era tan mía como suya y por teléfono le expliqué como tenía que poner la lavadora cuando a mí se me juntaban en la bañera pilas de ropa enormes para lavar a mano porque no podía ni soñar con comprarme una lavadora. Fueron tiempos muy malos, concluyó, pero señor, qué paz. No supe lo que era la palabra paz hasta que me fui.

1 comentario:

  1. 2 comentarios:
    rodericus2009 dijo...
    Begoña, un error muy extendido en nuestros tiempos es confundir el "ser" con el "tener".
    No es lo mismo tenér comodidades materiales que sér una persona capáz de sacarle rendimiento absoluto a los pocos medios disponibles a tú alcance.
    Marga renunció a vivír en compañia de un marido inexistente para ganár libertád personál, y aún tuvo la generosidad y la honradéz de no dejár a aquél indeseable en la indigencia más absoluta después de la separación.
    Es una mujér de mi generación, que ha tenido que peleár contra los prejuicios y una educación machista institucionalizada cuando nació en la época de los sesenta, y el volcarse en sacár a los chicos y la casa adelante no le dejaron demasiados tiempo para rehacér sú vida sentimentál.
    Es una victoria personál, pero una victoria amarga. Y después de una decepción de ese calibre, cuesta mucho creér en las buenas intenciones de álguien. El precio a pagár es una soledád asfixiante y una cierta sensación de fracaso vitál.
    Saludos.
    29 de abril de 2010 10:21
    Begoña dijo...
    Cierto rodericus, pero que pedazo de mujer es y que alegría conocer a mujeres como ella. Saludos
    29 de abril de 2010 13:03

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