miércoles, 1 de enero de 2014

Comienza 2014

Durante todo 2013 quise comenzar muchos relatos que luego no quise escribir. Surgían de la lectura de los periódicos o de la actualidad informativa. Fueron historias que darían para otras historias, o para desgranar minuciosamente, pero después llegué a la conclusión de que todo eso ya estaba recogido en otros libros y que de ninguna forma me gustaría pasarme meses o años enteros escribiendo o corrigiendo sobre aquello, que cazaba al vuelo para escribir. Me dije que por muchas páginas que dedicara a ello ya estaba escrito, aunque fuese en una nota de 4 por 8 o de 9 por 3. El lugar donde me apetecía pasarme horas perdidas durante días sueltos era otro distinto que ya tengo escrito pero esperando a ser revisado de nuevo. Que es eso lo que de momento debo acabar. Esto lo concluí en una frase que no recuerdo bien, pero que decía algo así: Se nos juzga por lo que terminamos, no por lo que comenzamos. Me pareció una de esas frases que separa lo accesorio de lo importante.

La diferencia entre antes y ahora es que cuando escribes a máquina, siempre te queda la hoja acabada, algo que no sucede en el ordenador, terminas de escribir pero la hoja se queda ahí, pendiente de nueva revisión. Y pasado un tiempo vuelves a revisar y rehaces, tomas nuevas decisiones sobre el conjunto y siempre termina quedando algo que no concuerda. Si sucede que pasa tiempo entre una revisión y otra, el relato ha variado, del modo en que ha cambiado tu mundo alrededor o tus sentimientos; siempre hay algo nuevo que querrás añadir y que no estaba previsto porque entonces no estaba en ninguna parte, ni en ti. Es un hecho angustioso en cierta forma, porque mientras escribes el mundo no se detiene para complacerte y pasan las horas, frustra que pasen sin avanzar gran cosa: en parte porque escribes muchas historias en una sola, formando tal embrollo que terminas por dejarlo para después.

Decía que durante este año quise comenzar muchas historias distintas, extraídas de las noticias diarias y todo lo que se entremezclaba en mi vida, pero entendí que hay que dejarle espacio a la prioridad. ¿Cuál era la prioridad?, terminar todo eso que el ordenador se ha tragado y de lo cual solo conservo una vaga memoria. Seis o siete cuentos largos o novelas cortas que con paciencia debo hacer que el ordenador me devuelva transcrito en papel. Sucede que en todo este tiempo ha ocurrido eso, que vagan en la pantalla dificultando el trabajo que nunca se acaba. No puedo decir que lo haya concluido porque falta el último vistazo, y extraerlo para encuadernarlo en la encuadernadora, para poder leerlo con calma. Leerlo por última vez y pasarlo a quien quiera sumergirse en la historia. Es hora de ponerse metas sencillas para cada día, corrigiendo e imprimiendo a diario. Dejando poco a poco constancia de que algo comienza de verdad, algo que no puede controlarse del todo, así como no pueden controlarse los lunares que asoman desde la nada más absoluta hasta nuestra piel. Entenderlo es asumir que somos naturaleza, como el sol que asoma tras una tormenta, como el aguacero que barre el día primaveral, como la primera estrella que rompe la oscuridad de la noche. Impredecibles como el mismo viento, tendente a variar. Una cometa en el centro del universo que se debe atar corto. Comienza 2014 y cada minuto será valioso, en espera de lo que tengo que hacer. La pregunta que se escucha al fondo es si lograré ir de forma organizada para no echarlo al traste, la respuesta, con sinceridad, ni la sé.

Comienza el año y los propósitos se renuevan, eso es bueno porque significa que sigue habiendo vida y esperanza, no hay tiempo para perderse en preocupaciones que al final pasarán de largo. Es hora de fijarse metas y andar con la sorpresa inesperada de nuevos días que nos saldrán al paso, hora de soñar con la parte posible dentro del imposible que seguimos siendo. Siempre es tiempo de esperanza, tiempo de recomenzar.

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