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jueves, 25 de noviembre de 2010

Frase

Escribir tiene un algo de ego, un algo de vergüenza, un mucho de soledad y un todo de generosidad.
Frase de Anónimo

La he extraído de aquí porque es preciosa.




miércoles, 24 de noviembre de 2010

El amor no tiene edad

Hacía un frío invernal y Anaís salió de su casa sin chaqueta desafiando a todos los elementos, su madre la dejó ir esta vez, segura de que sería la última vez en que lo haría. Era una tarde de domingo de esas para quedarse en casa, pero ni aún así hubo un cambio de planes dentro del grupo que iba a dar un paseo, y si acaso tomarse un refresco en alguna terraza de las que miran a la playa. Allí, sobre todo allí se necesitaría una chaqueta le insistió su madre, pero Anaís la dejó olvidada sobre su cama muy a propósito. Y se fue con sus tejanos ceñidos, sus botas altas, la camiseta de su grupo favorito y sobre ella una sudadera azul marino con el interior de la capucha en color blanco, a juego con la enorme margarita alojada en su pecho. Llevaba la melena suelta, y algún que otro mechón acariciaba sus mejillas arreboladas, al fondo de sus ojos podía leerse una honda satisfacción, una aureola blanca la envolvía de pleno y sus labios sonreían todo el tiempo, contrastando con el día pésimo que se iba colando por la ventana.
Todas las advertencias las recogió con un sonoro silencio de eso ya me lo has dicho mil veces y un asentir de cabeza, seguido de muchos síes, a si había cargado su teléfono móvil, a si llevaba dinero, a si irían todas sus amigas, a si sabía a la hora justa y en el justo lugar en que la esperarían. Luego llegó el tiempo de los noes, no se quedaría sola, no se alejaría del grupo, no haría esto ni aquello ni lo de más allá, no, no, no, y todo sin perder el ánimo alegre que la acompañaba.
Durante la tarde llovió y ventó, después se hizo la calma y cuando fueron a recogerla esperaron encontrarla aterecida de frío, pero llegaba con una chaqueta de chico que le quedaba muy grande. Fue difícil saber a quien se veía más feliz, si al chico que llevaba la camiseta de manga corta y se frotaba los brazos para vencer al frío, o a la chica que llevaba puesta una cazadora que no era suya y que no pegaba para nada con su ropa. Se miraron un segundo mientras Anaís recogía su abrigo corto y le tendía su chaqueta diciendo gracias, mientras él se la ponía regocijado en ese calor proveniente de ella y respondía de nada.
Hay una inocencia innata que se escapa de pleno cuando se es lo suficientemente joven para ser inexperto, un creer que todos los secretos se mantienen a salvo. Como si el amor pudiese ocultarse con solo pretenderlo, o como si la caballerosidad hubiese desterrado de este nuestro tiempo. Pero afortunadamente no sucede ni uno ni otro. Nada que sea bello y puro tiene fecha de caducidad. El amor no tiene edad y la caballerosidad cuando existe se traduce en gestos, es espontanea como la misma lluvia, llega sin avisar y lo dice todo, aun cuando guarde silencio por no delatarse.

Nada delata tanto como una verdad envuelta en pureza.

martes, 23 de noviembre de 2010

Lucha de poder

Las cosas se pusieron tan feas que Patricia decidió ponerse a trabajar, y a Berto no le quedó otra que aceptarlo pese a haber estado luchando contra ello toda su vida. La quería en casita y a ser posible en completa soledad, hábilmente la había ido apartando del mundo y la había dejado exclusivamente a su merced, ella había protestado y se había encontrado con tantos problemas y discusiones que finalmente sucumbió, y aceptó el destino que le había sido impuesto porque entendía que se podía renunciar por amor.
La crisis fue una buena oportunidad para recorrer la distancia desde su casa al mundo y en pocas semanas de buscar trabajo lo encontró, un trabajo a su medida, un puesto en una frutería con un horario que ella misma estableció y un transporte público que la llevaría de vuelta a casa antes de que Berto saliese de trabajar. Todo perfecto.
Trabajar le devolvió la vida que recordaba, el sentirse útil todo el tiempo ante ella misma y los demás, llenó sus horas de ajetreo, de charla, de sonrisas, de entretenido trajín y de nuevas aspiraciones que la oxigenaron por dentro.
Berto pudo ver la diferencia desde los primeros días y arrugó el entrecejo, enmudeció de un modo sospechoso y se ocupó en llenar el interior de todos los armarios de la casa de quejas, Patricia las fue doblando y colocando, de modo que apenas lograsen estorbar. Estaba feliz de haber encontrado una ocupación que la llenaba de vida, que le permitía vivir con más holgura y encontrar un espacio para sí, y para todas las cosas que creía imprescindibles, como conversar con muchas gentes diferentes, de las que diariamente aprendía un montón. Sus ojos en el espejo le devolvían una luz que llevaba muchos años apagada, sumida en la soledad de un hogar donde las paredes permanecían todo el tiempo silenciosas, una luz que esperaba en silencio que se apagara, pero que sin embargo brillaba más y refulgía en los ojos de Berto con un aura de sospecha que pasaba a llenar también los armarios, y que ella doblaba con esmero sin saber donde guardar, rebosaba sospecha por todas partes sin que nada lo pudiera remediar.
Dejó de afeitarse y de cambiarse de ropa, sus zapatos dejaron de pisar la casa con sonoridad, comenzó a protestar por la comida a todas las horas, por esto y por aquello, escondiendo que en realidad lo que estaba era celoso, de que todo el mundo a todas horas le hablase de la eficiencia de ella, de lo muy cambiada que estaba y lo feliz que se la veía mientras trabajaba, y los muchos clientes que se sumaban cada día en la tienda. Él comprimía sus labios hasta que las arrugas se le acentuaban, los ojos se le achicaban y el silencio gritaba, entonces llegaba la hora del ahueque y del ya hablaremos. Y de doblar en los armarios toda la indignación, que también iba buscando su espacio, allí donde ya ni había.
Comenzó a quedarse días enteros de baja, aquejado de una enfermedad que nadie sabía diagnosticar. La llamaba cada veinte minutos por teléfono, y cada vez con una excusa distinta: se había terminado el champú, no encontraba su camisa azul, no estaban planchados sus pantalones grises, el gato no tenía pienso, había una mancha de humedad una esquina del cuarto, la pintura de las ventanas se empezaba a desconchar, los espejos tenían huellas de dedos, había pelusillas debajo del sofá. Así estuvo días semanas y meses.
Patricia no pudo más, y decidió despedirse a sí misma del trabajo, regresar de nuevo a casa y renunciar a su sueldo por un poco de paz. Berto volvió a afeitarse, a cambiarse de ropa, a sonreír como un bobo a todas horas, dejó de ver pelusillas, huellas en los espejos, de saber que se había terminado el champú, y sus zapatos comenzaron a chasquear de un lado a otro.
Patricia se quedó sin brillo en los ojos, sin sonrisa en los labios, sin gente diaria a la que recibir, sin sentirse útil, y sin sueldo propio. Ya no quedaban ni rastro de las quejas y sospechas que había dobladas a toneladas dentro del armario, ni hubo más llamadas telefónicas de Berto a ninguna hora, ni protestas por la comida o cosa cualquiera.
Siguió habiendo manchas de humedad, pinturas desconchadas, ropa sin planchar, huellas y pelusillas, toneladas de hastío para doblar y guardar dentro de los armarios, pero Berto ni lo vio, solo veía la vida que quería para sí en el lugar correcto, y Patricia veía algo que nunca vio, algo que nunca quiso reconocerse... pero todas las noches soñaba que Berto era su carcelero.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Era un nómada confeso

Nació miedoso, el más miedoso de todos los que haya visto, y ya desde el principio no se dejó querer. Se escondía bajo el tanque del gasoil de calefacción y no había forma de sacarle de allí, que era su refugio. Cuando estaba de buen humor podía asomar sus bigotes una cuarta y dejarte ver sus ojos negros, desconfiados y ausentes unos segundos, para hacerse invisible otra vez, y sordo a todas las delicias que le hubieses traído con la esperanza de hacerte su amiga por una vez y ganarte su confianza para siempre. Pero era impertérrito en su capacidad de mantenerse a salvo de cualquier ser humano, supongo que era parte de su naturaleza, o de su aprendizaje de vida.

Y es que su madre les tuvo a los tres en una casa abandonada, lejos de los gatos de la casa, quizá para que no viniesen a molestarlos y obtener así un algo de intimidad. Quizá no calculó que en verano pueden venir días de mucha tormenta y viento, escapados el resto de días de calor, porque la naturaleza es siempre imprevisible. Lo cual no evitaba que ella viniese a casa para alimentarse alguna vez, y que iniciaras pesquisas tras ella en busca de sus hijos, y que ella más lista que tú te llevase lo más lejos posible y se mantuviese quieta el tiempo suficiente para desesperarte y desentenderte de ella advirtiéndole que era una madre negligente y que algún día pagaría por ello. Se lo decías y en el fondo sabías que eras una paranoica y ella una madre ejemplar, harta ya de que todos sus hijos terminasen despareciendo bajo las ruedas de un coche. Esta vez creyó hallar la solución, en el refugio improvisado de una casa eternamente en venta y dejada a su suerte por sus muchos herederos. Lo bastante lejos de la carretera quizá para darles a sus hijos una vida no más cómoda pero tal vez más segura.

Eso creyó hasta la noche en que la raposa hizo acto de presencia e incordió, y regresó con sus tres hijos a saber cómo hasta la casa. Y escuchaste maullar débilmente y al volver un barreño semivolcado por el viento los pudiste ver por primera vez, dos marrones rayados a lo tigrés y uno negro de hocicos blancos y blancos calcetines, tan gracioso que no se dejó atrapar y huyó despavorido mientras te llevabas a sus hermanos al interior del sótano y les dabas leche. Después fuiste tras él y conseguiste que se encajara de tal forma tras el saco de big bag repleto de arena que creíste que se ahogaría sin remedio y te rendiste a su mala suerte provocada en parte por ti y tu absurda insistencia. Te pasaste la mañana en un ay, y sin querer asomarte, sin poder concentrarte y sin poder llevar a cabo tus muchas tareas, solo las imprescindibles. Porque sabes que hay cosas que solo te pasan a ti y que no podrás evitarlas a más que quieras. O eso creías porque cuando reuniste el valor de salir a mirar ya no estaba allí, y volviste a tus pesquisas hasta atraparle, no sin un premio de arañazos ensayados para ti. Todos tus tatuajes acaban siendo repentinos temores gatunos que luchan por zafarse de tu empeño de protección, no sé como te arreglas, eso pensabas mientras le llevabas con sus hermanos aún sin creerte que siguiera vivo después de encajarse de aquella forma entre quinientos kilos de arena y la malla del cierre. Era un gato desnutrido, flacucho hasta no poder más y tan pequeño que te sobraban manos para llevarlo al lugar del que no le dejarías escapar hasta que doblase en tamaño y docilidad, aún no tenías ni idea de que hay personitas que no se dejan embaucar y que una de esas personitas se escondía tras sus ojos quietos, tras su mirada de no me convencerás y tras su actitud sellada a cal y canto. Pero deberías saber que convives con demasiadas personas que se dejan todas las puertas abiertas una y otra vez, y que tardarías meses en volver a verlo.
Mientras sus hermanos permanecieron allí atentos a tus cuidados él se fue para no volver, era un nómada confeso.

Y regresó después de mucho tiempo en que hubo un sonoro vendaval, tanta lluvia como tuvo a bien caer, y se quedó en el prado, mirándote a través del ventanal, retándote a que fueras a por él, porque ahora aceptaría de buen grado tus cuidados. Así lo pudiste entender, y se dejó atrapar mansamente, e incluso apoyó su cabecita entre tus brazos, sumiso y obediente como no lo viste jamás, tan delgaducho como nunca y mirándote con sus ojitos de súplica. Parecía suplicarte cuídame, ahora sí que me dejaré cuidar, ahora sí he aprendido la lección y no voy a escaparme más, al final te he comprendido. Pero no fue capaz de beber apenas, no pudo comer y se quedó en su canasto de trapos muy quieto junto a sus hermanos. Se dejó acariciar hasta dormirse, y despertarse después, parecía arrastrar un cansancio de siglos y un hambre de cuidados jamás imaginado. Comenzó a comer despacio, más seguro ya de sí, y a las tantas de la madrugada te fuiste a dormir, esperando un feliz mañana. Pero la mañana tuvo que comenzar sin él, rígido en su lugar, abandonado por sus hermanos que dormitaban sobre la alfombra muy lejos de su frialdad mortal.

...Lo mismo de nuevo otra vez, pero de distinta forma...


domingo, 21 de noviembre de 2010

Frase

No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió


Joaquín Sabina

viernes, 19 de noviembre de 2010

Matemáticamente imposible

Las matemáticas no son lo mío, me hablan de números y solo si la cifra es pequeña la soy capaz de repetir, por eso cuando me encuentro frente a un matemático mi fascinación se hace inmensa. El otro día sucedía por casualidad, una de esas casualidades que te hacen encontrarte con gente interesante, que acapara tu atención de principio a fin porque su tema de conversación te parece lo nunca planteado, y su coherencia la que quisieras para aquellos que gobiernan. El tema que surgió de pronto fue Haití, nadie supo explicarse de donde lo sacó, pero está claro que llevaba meses rondando por su cabeza.

El hombre se hacía una pregunta muy concisa. ¿Donde está el dinero que cada haitiano debería tener en sus bolsillos en este preciso momento?
Arqueé las cejas porque era una pregunta dirigida a mí para la cual yo no tenía contestación, una pregunta que respondieron todos los presentes, que eran muchos y que apuntaron en la misma dirección, algunos con más ingenio que otros. Él siguió adelante con su obsesión, reconoces las obsesiones de los demás en el momento en que eres consciente de las tuyas.

_ Es que con el dinero que se donó a Haití_ nos dijo completamente en serio_ cada haitiano en este momento debería tener ( no recuerdo la cifra porque hubiese necesitado una buena pausa para poder asimilarla, o un lugar donde apuntar, pero sé que era una cifra capaz de resolver cualquier vida) y ya ves como están. Con la que está cayendo vuelven a estar igual sino peor. Yo no veo mejora alguna en sus condiciones de vida, y están muriéndose a centenares a día de hoy por beberse agua contaminada. ¿Es que no les quedó ni para agua embotellada? ¡Necesito que alguien me lo explique!...

Hay momentos en la vida que resultan impagables porque de pronto todo el ruido del mundo se apaga y puedes escuchar aquello que vale la pena escuchar. Por eso mismo cada resquicio de luz se oscurece y te das cuenta que a partir de entonces solo queda oscuridad. Oscuridad y silencio por todo aquello que jamás funcionará. Y aunque decidas callarte, las palabras que son como el viento se te escaparán, para dejar constancia de sí mismas, de que son, y de que están.



jueves, 18 de noviembre de 2010

Fuera de cobertura

En estos días una avería me mantuvo alejada de la red, y al volver me he encontrado muy pocas novedades. No es la primera vez que constato que nadie larga tanto como yo, y que por lo mismo nadie se equivoca tanto. Quizá hay que recuperar el silencio para ser consciente de su sabor, el sabor de ser únicamente tú quien sabe lo que estás pensando. Esta ha sido mi única reflexión en todos estos días con mi impertérrita superconcentración, a penas he abierto la boca, he andado sumida en divagaciones varias que han llegado a una sola conclusión: ando demasiado por la red.

El tiempo real tiene un sabor que casi se me había olvidado, y este presente es demasiado complicado y fascinante para andarme por las nubes. Recopilo información para un lugar que está lejos de los teclados, y está cerca de una certeza que es todo cuanto vengo a dejar hoy: La magia nos espera en cualquier lugar, cualquier día, cualquier minuto, cualquier segundo es el momento ideal, solo hay que dejar de soñar y vivir la realidad del momento. En todas partes hay gentes que vale la pena conocer, y para conocerles hay que caminar sin prisas, sin metas, sin condiciones. A veces desconectado de internet, es eso todo lo que sé, y si me veis en silencio que sepáis que soy de carreras cortas pero intensas, y que todo cuanto pudiera decir lo he dejado dicho ya en alguna página anterior. Aún me asombra haber podido decir todo lo que a veces ni me atreví a decir y que nadie me haya insultado. El único comentario malsonante lo dejó mi hijo un día que protestó y le dije que dejara constancia de su queja porque para eso están los comentarios. Comentó y repliqué su comentario, desde entonces si leyó se abstuvo de decir nada, es seguro que a través de estas páginas llegó a conocerme mejor que nunca. Los humanos somos raros, esa es la verdad, y ninguno tan raro como nos creemos, eso a juzgar por lo visto aquí. Creo que llega un tiempo de silencio y anuncio que lo pienso disfrutar. He decido disfrutar cada instante de mi vida venga como quiera venir, solo tengo esa certeza e incluso esa regalo.