Me llevó tiempo entenderlo, soy lenta como la
estación nevada que tarda en deshelarse y llenar el río. Sé lo que quiero pero
no sé si vale la pena intentarlo y aun así sé que lo haré, aunque tema saber el
resultado, aunque tema a los virus y a la gente de malas intenciones conectada
a la red. Es por eso que en todos estos meses, algo me chocaba dentro al
intentar corregir viejos escritos, fue ayer cuando al fin lo entendí, sigo
creyendo en ellos porque son tan ciertos como pueda serlo yo misma, pero ellos
se han estancado en sus sueños livianos y yo no. Es esa al fin la diferencia
que no sabía ubicar.
Es lo malo de envejecer, que de pronto aquellas
convicciones que tenías ya no están. El mundo desde el cual escribías se
desvaneció, algunos pilares fundamentales de tu escritura se derrumbaron bajo
su propio halo de ingenuidad. Eso hace que hagas y rehagas escritos una y otra
vez, y que sea un error, aquella que escribía ya no está.
Ya no crees en la justicia de la forma en que antes
creías. Ya no crees en la gente que desde su atril intenta convencerte de que
está en lo cierto y la equivocada eres tú. Ya no crees que los años de estudio
hagan a la gente más eficaz. Ya no crees que tu país sea el mejor de los
posibles del mundo mundial. Ya no crees que el amor verdadero sortee como por
arte de magia todas las dificultades. Ya no crees que cada joven pueda forjarse
su vida tal y como quiera, sino tal como le dejan en un país que parece
empeñado en cerrarle las puertas y dejarle como única posibilidad de hallar
trabajo, emigrar. Tu mundo se ha dado la vuelta no sabes cuándo, y ahora vuelve
a ser tiempo de comenzar. Pasar la página de tus archivos hasta que alcances la
serenidad de solo corregirlos en ese espacio en que fueron paridos, puesto que
pertenecen a una gestación pasada que por lo tanto no está. Ahora eres otra que
no puede escribir como escribía, ni soñar como soñaba, ni creer como creía.
Eres alguien que ya no está entre ese montón de líneas.
