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miércoles, 22 de diciembre de 2010

Fumar mata...

Y quedarse al paro sin posibilidad de encontrar un nuevo trabajo
y comenzar a bajar los peldaños del mal vivir
y mirar la cuenta del banco que baja y baja sin remedio
y descubrir que tu despido se abarata cada vez más
y ver que las ayudas del paro aún son más canijas
y ver que los precios de todo suben más y más
y ver que los impuestos se duplican sin medida
y ver que los gasoleos cada vez son más caros,
ver que entre ricos y pobres cada vez hay más brecha
y que son los primeros quienes tienen poder.
Mata saber que las empresas se llenan enchufados,
que no saben hacer su trabajo y se quedan lo bueno,
gente joven a trabajar, pero lo malo es del viejo.
Mata tanto como el tabaco la realidad,
pero claro, de esa ni hablamos, la pasamos por alto,
no se hace estadística, no interesa mirar,
ponemos el foco más grande allí donde interesa,
nos llenamos de ruido, repeticiones, intenciones varias
y seguimos adelante a como de lugar.
Todo lo que importa es seguir estando donde estamos
aunque estemos en el lodo, eso no importa,
siempre podremos disimular, hacer como si nada,
ruido, ruido, ruido, mucho ruido de fondo
para que no se escuche el desastre final.


Nota: esta es una de tantas entradas que podría ahorrarme, pero lo siento, no soy de ahorrar ;)

martes, 21 de diciembre de 2010

Frase

El hombre vale tanto cuanto él se estima.

Rabelais

lunes, 20 de diciembre de 2010

Un grito sordo

Sergio conducía, Ella medio escuchaba su conversación mientras admiraba las tonalidades de la noche recién estrenada y pensaba en montones de cosas a la vez. El pasado, el presente, el mundo real y el ficticio mantenían una enconada conversación al fondo de su mente, formando una algarabía de locos en la que intentaba dilucidar una conclusión final que llevase a alguna parte. Esa charla se calló de pronto, en cuanto alcanzaron la rotonda de entrada a la villa marinera, y un luminoso Feliz Navidad custodiado por dos estrellas fugaces vueltas de espalda arrancó una luz amarilla fluorescente a la noche. Avenida abajo medio kilómetro de figuras enormes colgadas al final de cada farola distrajeron su atención, la decoración más bonita de cualquier Navidad se sucedía sin descanso mientras avanzaban. Solo en el último semáforo pudo respirar, y de calle en calle se repitió lo mismo hasta que aparcaron junto a la estación.
Se bajaron del coche y recorrieron a pie las calles de siempre, bajo los adornos navideños más exquisitos que pudiesen contemplar. Iban hablando de la incongruencia mandataria, de que un ayuntamiento arruinado para obras necesarias despilfarrara en aquello, en vez de en limpiar los márgenes de las carreteras que se volvían ríos intransitables en cuanto se llovían dos gotas y provocaban todo tipo de inconvenientes a la población. Hablaban, pero ya sabían el funcionamiento de aquello, de modo que muy pronto dejaron de hablar, unos villancicos escuchados de pronto sumieron a Ella en una tristeza inesperada, y la hicieron cambiar de rumbo entre lágrimas improvisadas, demasiados recuerdos irrecuperables le asaltaron sin tregua y quiso alejarlos, "por los mejores momentos de tu vida no puedes llorar, debes alegrarte de que alguna vez hayan sido". Eso se dijo, y siguieron caminando hacia la playa felices de estar juntos y sin más objetivo que disfrutar de una noche de mar en calma y luna radiante, aire salobre, frío cortante y café humeante esperando en cualquier lugar. No habían decidido aún donde ir a tomarlo, les daba igual.
San José, María y el niño Jesús bien perfilados alumbraban la entrada a la iglesia, sobre ellos el gran reloj marcaba las nueve y cuarto de una tarde noche estrellada a rabiar. Habían cerrado las puertas de la iglesia, pero Ella prometió que un día entrarían para ver el belén que tenían armado al fondo a la derecha. Y siguieron caminando sin prisa, mataron el frío con un café ardiente y consumieron el tiempo sin prisa alguna entre la gente cotidiana, pasadas unas horas desanduvieron sus huellas y llegaron al coche. Entonces la vieron, aunque en el fondo Ella no se lo quiso creer.
Era una joven morena, vestía tejanos desgastados, botas de tacón gigantesco, abrigo grís, boina grís y bufanda a juego. No aparentaba más de dieciséis años, aunque eso de las edades es a veces engañoso. Llevaba un bolso enorme colgado a un hombro y esperaba entre paciente e impaciente bajo el haz de luz de una farola. Tras ella el ambulatorio, en la calle de enfrente la estación de autobuses, que era a buen seguro de donde había salido. Había una total indefensión al fondo de sus ojos, un claro no encajar en aquel oficio si acaso estrenado. Un algo primerizo se podía advertir y un quizá estar a tiempo de evitarlo que hicieron los pasos de Ella hacia el coche de lo más pesado. Había una limpieza radiante en esa joven que hacía impensable que cualquier desharrapado pudiese ponerle un dedo encima. Algo de sacrilegio en siquiera pensarlo.
Sergio le restó importancia y tuvo que callarse por no encender un enfado. Había cosas que Ella concluía y cargaba a su espalda y nada ni nadie podía librar su carga, cosas que la sublevaban, y aunque tuviera que callarse nunca se callaba. Estaba indignada y era su indignación. Podía no conocer a esa chica de nada, pero no quería que hiciese la calle, no quería ese futuro para ella y contra eso nadie tenía nada que decir. No quería que nadie ni nada la dañase, y los peligros del mundo andaban siempre sueltos. Todos a su alcance con solo ponerse bajo la farola y esperar. Contra eso para Ella no había consuelo y Sergio movió la cabeza al sentarse en el coche, y Ella se calló, reconocía una batalla cuando no era suya, pero le hubiese gustado tener al menos una oportunidad de poder vencerla. Y no podía quitarse de la cabeza aquella expresión, de es sólo para salir de este apuro, y después lo dejo.
Ella colecciona imágenes sin pretenderlo, le persiguen durante años hasta lograr encajarlas en algún lugar. Colecciona veces en que no dijo nada y debió decirlo, veces en que no hizo nada y debió hacerlo, veces en que guardó silencio y quiso gritar.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Lo que la ciencia no cambia

Frank estaba en su habitación, como todo el tiempo, mirando por la ventana, tan aburrido que el día no le terminaba de pasar. Llevaba diez años estancado en su accidente de moto girando una y otra vez sobre la misma tragedia para la que ya no existía remedio alguno.

A esa misma hora José Roberto estaba en una universidad, intentando convencer a los alumnos de veintitantos años de que cuando estuviesen subidos a cualquier medio de locomoción no había prisa alguna. Ellos abucheaban casi todo el tiempo o le llevaban la contraria, pero él no perdía la calma, porque había llegado para cumplir un objetivo, convencerlos uno por uno, sin importarle en qué modo, de que en cualquier desplazamiento por carretera lo importante de veras era llegar intacto a destino. Y que cualquier tiempo perdido en el camino se puede recuperar.

Frank había pasado esos diez años sumido en sí mismo. José Roberto volcado en los demás. Al uno el tiempo se le había hecho eterno, mientras al otro no le daban los días para todo cuanto intentaba lograr. Uno venía de una familia adinerada, el otro de una familia campesina que apenas si ganaba para comer de aquello que cosechaba. Uno tuvo un accidente de moto intentando demostrar a los demás lo bueno que era. El otro un accidente de tractor intentando arar una tierra escarpada y montuna para dar lugar a nuevas siembras y nuevos ingresos. Quería que su hermana pequeña, el talento brillante de la casa accediera a la universidad, y ese sería su único medio.

Frank esperaba con ansia el aparato electrónico que le permitiría volver a caminar, estaba inactivo y anhelante esperando el milagro de verlo entrar en casa de manos del fisioterapeuta. José Roberto esperaba por su hermana pequeña que iría a buscarlo al término de la charla, y empujaría su silla de ruedas de vuelta al hogar. Había encontrado trabajo como costurera, y las novedades la mantenían entusiasmada a rabiar, se pasaba los días completos contándole como su modista se las iba arreglando para lograr de veinte metros de tela lineal, un vestido de novia ceñido, con sus mangas y todo, su pedrería fina y sus botones de nácar. Ponía una voz tan fina para contarlo que no se cansaba de escuchar.

Entre Frank y José Roberto había muchas diferencias, pero entre todas ellas estaba la mayor. Que José Roberto jamás alcanzaría a conseguir lo único que podría hacer realidad su sueño. Un crédito de 50.000 euros. El dinero que a Frank le había costado su robot, ese con el que caminaría de nuevo.

Frase

Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos.

Eduardo Galeano

jueves, 16 de diciembre de 2010

De un blog a otro

Saltando de lugar a lugar por el mundo de los blog uno se va encontrando un remix de aquello que alguna vez ha buscado. Los hay de toda temática y proporción, y en concreto sigo aquellos que me aportan todo eso que durante mucho tiempo busqué en los libros. Y si me detengo a reflexionar me doy cuenta que he buscado en los libros más que nada no sentirme extraña por saberme conjurada de alguna forma en un mundo de abecedarios, sabiéndome culpable de no ser inteligente, y por lo tanto, de saberme inmersa en un mundo que no me pertenece y al que sin poderlo remediar yo pertenezco. Hubo, hay y habrá una lucha perenne por regresar a mi lugar como lectora únicamente, una lucha en la que jamás podré vencer, y que por lo tanto me hará sentir todo el tiempo derrotada. Por todas esas cosas que no se saben explicar, porque explicar no es necesario. Y es que hay fuegos que no se pueden apagar, que han nacido para arder y arder y seguirán ardiendo aunque nada ni nadie avive la llama, tal que así se escriben mis letras...

De un blog a otro me encontré estas palabras largamente buscadas, las dejo aquí:

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Incógnitas

Hace unos minutos escuchaba una noticia que me dejaba en un ay: que se está bajando el salario a los sueldos más bajos. En ese momento iba conduciendo y le di volumen a la radio del coche para enterarme bien, porque todo cuanto quiero recordar tengo que apuntarlo, y claro, con la rapidez con que hablaba el locutor, no hubo forma, terminó de dar los datos antes de que pudiese orillar y tomar lápiz y papel, de modo que memoricé en lo que pude sus palabras.

Si eres mileurista tu sueldo es el que más se ha rebajado, y cuanto más abajo estés en la escala a partir de los 1.000 euros de salario, más se habrá bajado tu sueldo.

En ese momento me llegaron a la mente las palabras de un vecino ayer mismo, cuando en una reunión vecinal se estaba hablando de los robos que se están produciendo a nuestro alrededor en los últimos meses. El hombre decía:

Pues espérate, que ahora que van a quitar la ayuda de los 460 euros a los pobres parados, ya me dirás que van a tener que hacer si quieren comer. ¿Tendrán que salir a robar, no? Porque ya me dirás lo que harías tú si tienes un hijo y no tienes nada con que matarle el hambre. Pues saldrías a robar lo que pudieras digo yo...Y no te digo nada si en vez de uno tuvieras tres o cuatro.

Asentí, porque uno puede ser cualquier cosa, menos hipócrita consigo mismo - al menos de un modo consciente-, en ese caso no habría duda alguna, saldría a robar. Porque pedir a día de hoy casi sería impensable, ya no quedarían semáforos en los que ponerse, están todos copados.

Hay incógnitas que uno no es capaz de resolver. Recuerdo el día en que mi hijo me llamó con urgencia desde el salón.

_ Mamá, ven corriendo, voy a presentarte a Dios.

Y fui corriendo porque sonaba tan convincente que no quise perdérmelo, tal vez por ponerle cara al hombre con el que tantas veces he hablado desde que nací sin poder imaginar del todo su rostro y su estampa. Solo que me encontré ante un disidente cubano que llevaba en huelga de hambre y sed noventa días.

_ Lleva noventa días sin comer ni beber y sigue vivo. Tiene que ser Dios, porque si no ya me contarás...

_ No sé lo que contarte_ le dije sinceramente_ pero ese hombre no es Dios. Haz el favor de
no ofender, y ten un respeto a tu madre, que le estás quitando años de vida.