martes, 10 de marzo de 2015

Apretando tuercas otra vez

De un tiempo a esta parte tengo la sensación de que jugar con los empleados de cualquier fábrica, o de cualquier empresa, o de cualquier negocio es demasiado fácil. Que la palabra dada no sirve de nada cuando no existe conciencia de debilidad. Que cuando se tienen todas las cartas sobre la mesa es muy sencillo hacer trucos de magia en los que siempre pierda el asalariado.
Porque ¿Quién defiende al trabajador? En teoría muchos grupos, pero en realidad nadie, cada uno está indefenso ante su propia suerte y cuanto más endeudado peor. Así se vuelven más manejables incluso y venden a quien tienen al lado. De todos los trabajadores, para un empresario, este es siempre el mejor, y van a la caza y captura. Digamos que en este punto los bancos y los politicuchos baratos, que se venden mejor que nadie, son quienes aguillotinan. Quienes condenan a los estropicios que a diario suceden dentro de cualquier empresa. Si esta da beneficios se pasan directos a la cuenta del jefe y si los beneficios no son tantos se comienza a recortar el salario de los trabajadores. Si unos aguantan el tirón, se prueba con otros, y si no hay igualdad, tanto da. Con la excusa de los malos tiempos estiran más y más la cuerda hasta llegar a ahorcar. Uno menos no les duele, cuando hay una lista interminable de gente queriendo entrar.
La sensación que tengo es que la palabra dada no sirve. La gratitud no existe. Un empleado nunca se exprime lo suficiente. No sangra lo suficiente. No se rebaja lo suficiente. Y suerte de aquel que se hace valer. Que ya no cree en esa educación que se usa de forma tan subrepticia para extorsionar. Suerte de aquel que conoce a su jefe y hace que este le conozca a su vez. 
Suerte de aquel que con mucho esfuerzo ha ido pagando sus cuotas y sabe cuanto le necesitan y cuanto vale. Suerte de aquel que comprende que el jefe tiene el puesto de trabajo, pero él la mano que obra que los saca adelante. Y que dentro de su empresa, diga lo que diga el jefe, todo depende de él.
De un tiempo a esta parte tengo la sensación de que en pre campaña electoral intentan idiotizarnos con trucos de magia, pero aquí lo que cojea es el trabajo, y sin trabajo no se come. Sin trabajo de un día para otro te quedas tirado en la calle. Nos sobran los ejemplos.
Leo un titular en la prensa: "Incertidumbre en Alcoa tras anunciar la firma que proyecta cierres de fábricas". (En diciembre de 2014 juraron un año entero de tranquilidad. Parece que ahora los años solo duran tres meses, si quienes se creen con todos los derechos del mundo lo quieren): Podríamos cambiar el nombre de Alcoa por tantos como queramos, la cosa está mal, pero parece que no hay que alarmarse, los bancos y los politicuchos están felices. De un tiempo a esta parte parece que vivo en Marte,  o en una pesadilla, da igual, si tuviese la cordura suficiente para pensar, pensaría que me cambié de país por despiste. Siento que la palabra dada no sirve, pero quién soy yo para decirlo, si hace años me comprometí a tener un libro listo en el plazo de un año y no lo cumplí. La realidad me abofetea a cada paso, y lo siento si no puedo meterme de lleno en esos mundos gloriosos que alguna vez imagino y contrastan de tal forma en el presente que incluso lo insultan. Lo siento si regreso al presente para quedarme aquí.

Lo bueno es que al final venceremos...o en su versión peor, tendremos que cambiar de país. 

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