viernes, 21 de noviembre de 2014

Historias de nuestro día a día

Hace días tenía pensado escribir una historia sobre esto, pero mis historias salen tristes, así como desangeladas ya partiendo de una alegre realidad, de modo que sobre algo como esto ya ni quiero imaginar. Lo haré porque nos ofrece un viso de lo que sucede en nuestra vida diaria, porque refleja con cuan poco podemos lograr que alguien, ya no solo nos sonría con su sonrisa más sincera, si no que además nos regale una de esas frases que a partir de ese momento ya nunca podremos olvidar.


Llegada a primera hora de la mañana  al supermercado, acaban de abrir, hace un día congelado que amenaza lluvia. Encogido en su cazadora un chico negro, altísimo y muy delgado sacude los pies para entrar en calor. Así de prisa rebusco entre las monedas que van quedando junto a la palanca del cambio y adjunto una moneda de veinte céntimos y una de diez céntimos, voy con tanta prisa que ni me molesto en sacar del bolso mi monedero. Al ver que extiendo mi mano para darle algo abre su palma y al ver las monedas me dedica una sonrisa enorme que deja al descubierto sus dientes blancos. Yo le regalo también la mía que brota por sí sola y me quedo pensando en cuanto hace que nadie me sonríe así. Ya no estamos acostumbrados a que en nuestro trajín diario alguien advierta nuestra presencia, y puede que tampoco lo estemos a advertir la presencia de los demás. Es tanta nuestra prisa que vamos y venimos sin participar del mundo, dejando a veces lo más valioso detrás.


Entro en el supermercado a toda prisa, sé donde está lo que he venido a buscar y lo llevo. A la hora de pagar charlo con la cajera, que me hace un resumen breve de algo que en ese momento le ocupa. Salgo con una bolsa en cada mano y tengo que esquivar a la gente que está entrando, eso hace que ya ni recuerde en qué lugar exacto he aparcado. Rebusco en los bolsillos a ver donde tengo las llaves y abro el coche, guardo las bolsas y cuando voy a sentarme escucho sus gritos, no sé lo que me está diciendo, de modo que le busco con la mirada y vuelvo a ver su gran, pero gran sonrisa.


                                        -¡Hola¡ Mucha grasia por tu ayudarmi a comé.


En ese momento caigo en la cuenta de que solo le he dado 30 céntimos de euro a un hombre que no rebasa los treinta años. Y que pese a la miseria que le he ofrecido se ha parado dos veces para ofrecerme lo único que posee, su enorme sonrisa sincera y las pocas palabras que sabe intercambiar en mi idioma. A cambio vuelvo a sonreír de forma involuntaria, porque la vida me ha enseñado a distinguir lo que es importante de lo que no. Arranco con mi música preferida de fondo, la que ya traía en cd y vengo todo el camino llorando a lágrima viva a mi casa.


La visita a primera hora al mismo supermercado se repite de vez en cuando, el joven ha ido añadiendo gorro y bufanda a su vestuario. También yo he ido dejando caer alguna moneda más de mi mano.


                                   -Grasia mucha grasia por tu ayudarme siempre.


Hola, mucho hola que sigue sirviendo como bienvenida y adiós. Puede que este mismo joven haya saltado sobre esa alambrada que corta con sus cuchillas, a mí no me importa. Sé que si hubiese estado en su situación también lo hubiese intentado con todas mis fuerzas. Nadie evitará de ninguna forma que cada uno de nosotros se pase toda la vida buscando un modo de vida mejor. Eso deberían saberlo en todas las altas esferas que nos miran sin vernos, así como algunas veces tampoco veo yo.











2 comentarios:

  1. Tendréis que perdonar que haya ido escribiendo de un tirón y sin corregir. Si me detuviese a hacerlo esta entrada no existiría.

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  2. Pues está bastante bien estructurado, Bego. A ver si se te pasa la manía de las eternas correcciones.

    Y sobre el tema, mientras la vida de esta pobre gente no valga nada en su tierra, no dudaran en ponerla en riesgo para llegar hasta aquí, porque al menos, disponen de lo mas importante, su libertad.

    Un abrazo

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