viernes, 30 de agosto de 2013

Leer las noticias

Cada día salen los periódicos cargados con las últimas noticias y de cuando en cuando salta una que se hace aún más insoportable que las anteriores. En cierto modo los periódicos son un pulso constante de la realidad que empeora por instantes. Quienes esperamos escribir una ficción que resulte aceptable en su nivel de calidad, entendemos que nunca podremos superar la vida tal cual sucede segundo a segundo, y constatamos que nuestra más desbocada imaginación nunca podrá competir con el antojo de la actualidad.

Ayer, leía una noticia macabra que no voy a repetir ni siquiera por escrito, es demasiado horrible para exponerla aquí. La prueba irrefutable de que mientras unos se afanan en hacer de este mundo un lugar amigable sin excepción, otros solo piensan en lucrarse a costa de lo que sea. A diario constatamos que de nuevo vuelve a suceder así.

Ayer un niño de seis años preguntaba a todos los que tenía alrededor por qué motivo no se veía nada de nada. Esperaba una respuesta que nadie sabía aún como darle. Esperaba ese momento imposible en que todo para él volviese de nuevo a la normalidad.

Después de leer esa noticia de apenas cuatro centímetros por cuatro, yo espero lo mismo también, sabiendo que no será ni para mí ni para él; aunque nos separen todos los kilómetros que separan China y España. Porque a veces suceden cosas que ponen nuestro mundo en jaque y lo desmoronan, a veces leer las noticias arranca de raíz nuestro deseo de novelar la realidad. Sabemos que se novela sola un segundo tras otro en los noticiarios, sin que nada la detenga, dejando que suceda cualquier cosa y en cualquier parte, incluso aquello que jamás pudiste imaginar. Que el mundo de un niño de seis años se oscureciese para siempre mientras jugaba, es algo con lo que no puedes. Con lo que nunca podrás.

jueves, 29 de agosto de 2013

¿Y si lo intentaras?

La pregunta del siglo quizá sea esta, o tal vez no tanto, pero supongo que es la pregunta de mi vida. La respuesta es siempre que es demasiado pronto, que aún no estoy preparada, que mañana lo puedo hacer mejor...y nunca llega mañana. A diario sé de gente que se lo propuso y se atrevió, eso me reafirma en que a su debido momento yo también daré el gran paso, hacia las nubes o acantilado abajo, que viene a ser lo que sucede con quienes practican cualquier clase de parapente.

¿Y si lo intentara?, aún no sé la respuesta a esa pregunta ni la sabré hasta después de haberlo intentado, pero si sé que hubo quienes se lo preguntaron hace tiempo y obtuvieron su respuesta.

La vida a veces responde y responde bien.

Una muestra

martes, 27 de agosto de 2013

La pequeña Dorrit

Hace tiempo que leí este libro de Charles Dickens, un autor que hace como veinte años que no leía, me hago mayor, lo sé, pero no pienso disculparme por sumar días. Mientras leía encontraba reminiscencias de su autor, ciertos detalles que habitan su obra y no pude evitar pensar que fue una obra que se fue escribiendo en el periódico local; que la gente la esperaba con ansiedad y que en esos términos tomaba el pulso de una época en que habitaba la precariedad. El propio autor la padeció durante la mayor parte de su vida, eso se cuenta en las páginas que preceden al libro, en las que se resumen las condiciones en las que Charles Dickens vivió.

El libro en este momento no lo tengo aquí, está en una caja de libros que presté y cuya devolución aún tardará. La historia relata el mismo Londres que se describe en sus libros y para mí tuvo cierta similitud con Oliver Twist. La pequeña Dorrit vive en la cárcel junto a su padre, que está allí cumpliendo condena por una deuda, su hermano vive con ellos también.

El libro dibuja muchas personalidades diversas, relata todo tipo de situaciones que lo hacen un lugar visible mientras se lee, creíble y palpable, pero en su parte final se estira hacia una felicidad bastante poco probable. Una conjunción de suerte bastante forzada, hace que el milagro se logre, pero resta credibilidad al libro, al menos en mi opinión.

Quién iba a decir que yo pusiera remilgos al tipo de finales que antes buscaba en los libros. Entiendo que el autor además de por sus convicciones personales, estaría motivado por dar a sus lectores esa historia que esperaban para amenizar su dura jornada, que quizá fuera ese el combustible que ponía en movimiento sus obras, pero como lectora de este momento y este lugar, y también de esta edad, lo cerré sabiendo que de un cien por cien en credibilidad, a ese mismo final le daría un diez por ciento. 

Aunque en su época y su momento, publicado por entregas en un periódico local, debió suponer un sueño al alcance de todos, digno de admirar. Quién pudiese sobrevolar aquel Londres convertido en fantasma, para ver todas las reacciones que en su momento tuvo a bien desatar. Hay novelas que semejan sueños de autores, besos de buenas noches que llegan para gritar alto, que todo puede cambiar. En eso iba pensando mientras leía...

lunes, 26 de agosto de 2013

El objetivo del siglo

Desde hace días no puedo quitarme de la cabeza esas imágenes de niños gaseados, dispuestos en el suelo a lo largo de filas interminables. También personas de todas las edades, que estaban llenas de planes que alguien les negó. 

No entiendo cómo algo así no puede detenerse antes de su comienzo. Cómo puede ser que algo cuyas dimensiones son incalculables fuese llevado a cabo, o en nombre de qué. Sospecho que de nuevo son intereses monetarios. Que de nuevo la ambición de poder comienza una pesadilla de siglos. 

No hay nada que pueda bloquearme más que imágenes como esas. Se cambia el escenario pero el horror vuelve a comenzar. Un horror que siempre se me antojará tan innecesario.

Si hay algo que siempre ambicionaré será la paz, de norte a sur y de este a oeste, solo ese objetivo debería tener validez a lo largo y ancho de nuestro siglo.

domingo, 25 de agosto de 2013

La vida responde de nuevo

Había en la casa un ordenador que ya casi no se usaba, uno al que dediqué muchos meses de lo que fue un intento de concretar cuentos en vista de leerlos pasado un tiempo, solo que ese tiempo nunca llegó a materializarse en algo que considerase bueno. Todos quedaban aplazados a una siguiente revisión, de ahí que nunca se llegasen a imprimir, todo lo más a ocupar un diskette al fondo de un cajón.

De ahí que cuando un día de repente me dio por encender ese antiguo ordenador que nadie usa, decidiese suprimir todo lo innecesario que había allí, para ganar esa velocidad que ya estaba pidiendo a gritos estertores y pantallas azules de vuelva usted a intentar encenderme, por favor.

Desde ahí a visitar a un técnico hubo pocos pasos, la verdad. A la pregunta de qué es lo que debo hacer, respondí con un simple: deseche todo lo que hay menos el word, ese lo quiero tal cual está. Procure no borrar ningún programa que lo mate de un modo definitivo, es esa mi única petición. Días más tarde me llamó haciéndose el despistado, y de vuelta a la pregunta de qué quería conservar, a lo que respondí exactamente lo mismo, solo que en distintas palabras, resumiendo, porque estaba en medio de una reunión donde todo el mundo hablaba y también yo.

Le llevó solo medio día volver a llamar para decir que ya lo tenía listo y que había algunos virus que eliminó. Llegué a su tienda media hora después para recoger mi word fresquíto y ponerme los próximos meses a él, intentando concretar algunos cuentos a objeto de publicar. (Estoy bastante obsesionada, pero no voy a disculparme, me hace ilusión tener un fin que me enfoque en trabajar). Solo que al llegar a casa y encenderlo, me encontré con un ordenador vacío de todo, pero que de todo, todo, incluso de word. Tengo un carácter muy adaptable, a veces demasiado incluso, y soy creyente, creo en un dios que no suelo encontrar en las iglesias, pero sí junto a mí haciéndome la vida más sencilla. Es por eso que ni grité, ni reclamé, ni tan siquiera me enfadé, decidí que a partir de entonces debía usar más las antiguas libretas y el boli. Anotar en algún lugar palpable y siempre presente aquello que no quisiera perder bajo ninguna circunstancia.

Lo tomé como una lección inolvidable y como un aprendizaje futuro. Sé que perdí de manera irrecuperable muchas horas de diversión y trabajo a partes iguales, pero también muchas horas de nuevas correcciones y dudas eternas de las que ya no tengo ni la más mínima señal, porque aquello que no hubiese quedado bien registrado, simplemente no era tan necesario ni tan siquiera para mí. Lo que tengo es lo queda en otro ordenador que ya puedo comenzar a ordenar de veras, porque sé que ni los técnicos son infalibles de verdad; a veces ni ellos se entienden con estas máquinas.

La vida me volvió a responder después de algunas entradas. Mi escritura es tan mágica que a veces me da miedo, pero es algo por lo que vale la pena: vivir para descifrar aquello que quieres decir, todo el tiempo y a todas horas, puede no ser una locura, sino una forma de rubricar lo que pasa por tu mente, un entretenimiento sin fin.

jueves, 22 de agosto de 2013

¿A máquina u ordenador?

Dejé la máquina de escribir en la estantería en cuanto el primer ordenador entró en la casa porque a ordenador se borra y escribe más rápido, ¿de verdad se escribe más rápido? Bueno, tiene sus ventajas, borrar y reescribir no te cuesta dinero. Pero sucede que cuando miro el montón de páginas que conformó mi primera novela -¿en serio es una novela?- puedo leer y releer, pero desde que entró el primer ordenador en casa no volví a encuadernar nunca más 326 páginas, porque en parte, como borrar y escribir es más sencillo, comencé a dudar con mayor asiduidad, ¿eso es bueno o malo?, no lo sé la verdad. Estoy estancada, o casi desde entonces. La pregunta es ¿escribo mejor o peor? A veces la balanza cae hacia un lado y a veces se inclina para el otro. Lo que sé es que si dispusiera de todo el tiempo para mí escribiría todas las horas a puerta cerrada y quizá terminaría enloqueciendo más y algún día tiraría todas las hojas a la basura...a saber...

Quizá lo importante de escribir a ordenador sería llevarse bien con la impresora, y yo me llevo algo mal, es un cacharro que casi no entiendo y apenas uso, de modo que todo se queda atascado ahí, al fondo del ordenador, y a veces ni sé la respuesta a si valdría la pena rescatarlo. Intento algo que no sé, dejo que el tiempo fluya, le busco el sentido y mientras tanto leo todo lo que puedo y más. Busco la fórmula adecuada, esa que una vez tuve o creí tener y ahora permanece a la deriva entre la bruma.

Quizá un día me vuelva loca e imprima todo lo que hay escondido ahí y comience a ordenarlo seriamente, para terminarlo parte por parte y finiquitarlo al fin, pero ni aún así podría saber si habría que desecharlo todo y recomenzar otra vez, porque a veces de tanto pensar cómo era esa historia descubres que en tu cabeza fue más lejos de lo que quedó expuesto en el papel. 

A fin de cuentas nunca sabré si lo de parecer tan loca formó parte del principio o del fin. Ni si volveré de nuevo a la máquina de escribir, aunque intuyo que no.

Otros apuestan por ella en una entrada interesante AQUÍ




miércoles, 21 de agosto de 2013

Entre la vida fabulada y la real

Será más rápido de lo que parecía a simple vista, un día tus hijos crecerán y te dirán que vives una vida demasiado parecida a la de los demás, y te propondrán una forma de vivir que no encaja con tus expectativas, le mirarás y les dirás que ellos tienen la suya aún por hacer y que luchen porque sea tal cual la sueñan.

Entonces volverás a preguntarte cuánto daño hacen las películas que crean escenarios lujosos, tramas idílicas y finales felices, tan azucarados como inverosímiles. O los libros y series tal que así, la imagen distorsionada que a menudo recogemos alrededor cuando habitan la farsa y disimulo. Les dices que todo el mundo discute alguna vez, que todo el mundo se levanta con el pie izquierdo en algún momento, que la vida real es una mezcla de fuegos artificiales y explosivo. Que regañar no significa dejar de querer.

Entonces miras atrás y recuerdas el momento en que tenías su misma edad y todo te parecía tan fácil...solo que ahora sabes que no lo era. Una cosa es la vida fabulada que a todos nos entusiasma y otra la vida real, en que todo sucede tan despacio y a veces de la forma en que uno no quisiera.