Le sigo dando vueltas a esa posibilidad, en un momento en el que no tengo tiempo material de ponerme a corregir por última vez una novela de más de trescientas páginas, ni la suficiente confianza en que aquello que quiero - mis historias, que tanto significan para mí- estén a la altura de ello. No es falta de confianza ni en mí ni en lo que escribo, lo que me sigo preguntando es si es el momento. Si no sería precipitado, teniendo en cuenta que es un camino que quiero hacer en solitario. Es decir, sin muchas influencias desde afuera.
Cuando fui a clase de corte y confección, me hice una bolsa de deporte con un retal que había en casa. La tela era de terciopelo azul oscuro, y me puse a ello un sábado por la tarde, la diseñé en un minuto: de forma cilíndrica y cremallera en el medio, pero quedaba muy sosa. Por eso decidí encajarle tres corazones de tela blanca y lunares azules, dos más pequeños en los círculos que definían los lados, y uno mayor en el centro. Por entonces no tenía ni quince años, y el orgullo de haber hecho mi propia bolsa de playa, justo a mi gusto, me embargaba. La gente la miraba al pasar, con una mezcla de sorpresa quizá, pero yo caminaba feliz de llevar colgada mi creación. De saber que nadie en el mundo tendría esa misma bolsa que yo. Mi familia en pleno decidió que nadie la llevaría porque nadie era tan hortera, no porque fuese exclusiva, y eso me bastó.
Ahora, cuando pienso desde la distancia a todos los sitios que la llevaba, me da la risa. Incluso conservo la instantánea de incredulidad que me devolvió un conserje de discoteca cuando le dí mi ficha. Uno no vuelve a casa después de pasar un fin de semana en casa de su hermana todos los días. La recogí radiante, porque dentro de esa bolsa, llevaba recuerdos felices para toda una vida; y un principio de desgracia, que entonces no sabía, también.
Escribir historias propias tiene mucho de eso: de cosas que significan un mundo entero. Pero que si salen al mundo han de llevar un todo envuelto. No sirve con decir, significa mucho para mí, han de significar mucho para quien las ha pagado con su dinero. Si pones algo a la venta, ha de tener más ingredientes que la intuición, más profesionalidad, más rigor, más valor incluso de aquel que tiene para ti. Ha de sostenerse en pie por sí solo y tener la suficiente fuerza para avanzar. Y es complicado cuando es un camino que intentas hacer paso a paso y por ti solo. Porque sabes que todo cuanto has aprendido en la vida es así, porque sabes que así se hace tu camino y que no hay otro modo. Es arriesgado, sí.
No tengo tiempo material para revisar de nuevo mis novelas. Y aún me faltan ingredientes que no he sabido encontrar, o que no han madurado para incorporarlos. Es por eso que revisaré un texto de pocas páginas y le buscaré otro título, yo lo había titulado La ladrona de tiempo, y he visto un libro que se titula El ladrón de tiempo, ya por ahí. Es complicado, porque elegí el título antes que la historia y ahora no hay otro que case.
Si consultase esto a mi "correctora particular" me recomendaría meterme debajo de la cama antes de publicarlo en Amazon. Si le preguntase a Carlota me lo revisaría y me lo enviaría lleno de correcciones que no comprendo. Si lo consultase con mi familia o con mi marido, me dirían que estoy loca y que en menudos problemas me empeño en meterme. Si lo consulto conmigo me digo que solo hay dos posibilidades, que salga mal, y entonces pondré mucho empeño en mejorar, o que salga bien, y entonces me moriré de un infarto instantáneo; que es algo por lo que no me tengo que preocupar, porque no será.
Solo tengo claro que es demasiado breve para ponerle el precio mínimo en Amazon. Y que a título personal es el primero que tengo listo para dar a conocer, y el que más me emociona. Y uno que quiero dejar alojado a este blog. También tengo claro que hay razones por las que no puedo esperar mucho más, y que quizá estén ahí para ayudarme a dar este salto, aunque sea empujando. Hasta ahora estoy satisfecha con la forma en que fui decidiendo mi vida, cruzo los dedos por no equivocarme tampoco esta vez. Y dejo un aviso, aún tengo que hacerle una última, de la última, de la última corrección; que no es lo mismo que dejarlo perfecto, ya quisiera yo...